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09 Sep, 2010
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La música callada de la dehesa

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Último día de agosto. Cuatro de la tarde. Herido de muerte, aún embiste el verano. Este toro duro y agrio no yerra su objetivo: de la herida brota bochorno a borbotones.

-Hay que ir a echar a las vacas.

-Puf, ¿pero a todas?

-Pues claro.

¿Y qué están comiendo ahora las vacas? Mira, les estamos cortando fresno, que les aporta tanta fibra como la cebada pero la mitad de energía. Comen muy bien las ramas de fresno, así frescas y tiernas.

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Y para cubrir las necesidades de energía, se completa la alimentación de la vacada con una ración de pienso.

Mientras me cuentan esto, yo sigo a lo mío, absorta en el calor que hace y en las porteras que me quedan por abrir, cada una con su truco artesanal, sólo aptas para magos. Y entonces, ¡anda!, pero de dónde han salido los montones de pienso.

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Pues de esta máquina mágica que tenemos desde hace un par de semanas. Basta darle a la palanca, y ella sola esparce el pienso en pequeñas dosis como píldoras. Con lo que ya no hace falta echarse el saco al hombro y repartir el pienso a mano. Desde luego, es bastante más rápido.

Venga, llama a las vacas que vengan. Las llamamos a voces, y la tropa aparece tras el montículo marchando en formación con paso de ejército. Pero todavía faltan muchas vacas por venir. No se las ve. Estarán arriba en la sierra y no nos oyen.

Anda, cómo no, la vaca Fardera. Ahí la tenemos esperando en primera fila. Mírala qué golosa es.

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Espero que no os importe el protagonismo que han venido acaparando nuestras vacas, con Fardera a la cabeza. Las vacas madre son uno de los engranajes clave de la ganadería, y sin embargo son los machos, hijos y padres, los que parecen llevarse todos los honores.  Las vacas, mientras tanto, tocan en secreto la música callada del campo.

Pero dentro de poco también nosotros las dejaremos a un lado, arrastrados por la rueda veloz del tiempo. Las vacas seguirán con su labor oculta, en el centro de la tierra, en el corazón del campo. Y nosotros nos marcharemos con nuestros becerros, que siguen creciendo y empiezan a independizarse.

Se acerca septiembre de puntillas, y extiende una mortaja blanca sobre los sueños de verano. Caerá el olvido sobre los romances de agosto, y nadie se acordará si llegaron a consumarse nuestras ansias.

Comienza el curso y los becerros empezarán a vivir lejos de las faldas de sus madres: ¿los recordarán en la distancia? Yo me enfrentaré a mis fierecillas particulares: ¿podré ayudarles a volar más alto y más lejos?

Pero aún, inconscientes e infantiles, se acercan trotando los becerros.

 

¿Apunta maneras este alumno? ¿Qué esconde su fisionomía de infante? ¿Llegará a desarrollarse su bravura incipiente?

Pero ya está bien de ensoñaciones. Me dejan en casa. He pasado calor, tragado polvo, y metido el pie desnudo en un cardo. A pesar de invenciones y nuevas máquinas, vengo directa a quitarme esta ropa sucia. Con una mezcla de alivio por el descanso y de envidia por lo que permanece en el sudor y el polvo ajenos:  la dedicación, la entrega, y sobre todo la febril constancia.

 

El reposo del guerrero

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Está siendo un verano sangriento para nuestros toreros, aún cuando haya algún filósofo que se ha propuesto medrar convenciendo al gran público de que los toros no son tan fieros como los pintan. Si acaso, según él, el peligro radica en arañarse con una banderilla.

La realidad, como no podía ser de otra forma, viene tristemente a contradecir al gran filósofo. Aunque más penoso es que ni siquiera el pitón que destroza las entrañas de los hombres pueda abrir una pequeña brecha en la estrechez de miras de aquellos que supuestamente se dedican a buscar la verdad.

Los ganaderos crían los toros para gloria de los toreros, y creo que la sangre y el pundonor de los que se visten de oro y plata abonan la dehesa. Si hay hombres en el ruedo dispuestos a entregar lo mejor de sí mismos en busca de la perfección y el trabajo bien hecho, cómo no va a haber ganaderos que dediquen todas sus horas a dar forma a un ideal.

Algunos de los héroes luchan a brazo partido por recuperarse de las heridas del ruedo, dispuestos a volver al frente. En el campo también tenemos nuestro pequeño sanatorio de becerros.

 

Este es nuestro Langostillo, que ha estado un poco pachucho, con diarreas. Aquí le estamos poniendo antibiótico y vitaminas en el mueco.

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Al día siguiente lo apartan junto a la madre, de forma que no estén junto con el resto de vacas y crías. Así podrán estar más tranquilos, al tiempo que para nosotros será más fácil hacerles un seguimiento exhaustivo.

¿Pero qué le pasa a Langostillo? Parece que está un poquito más alegre, pero sigue flacón. Tiene los ojos hundidos y podría tener fiebre. Lleva así un tiempo, tristón y parado.

Vamos a dejarlo aquí junto a su madre, apartado del resto de la vacada. No lo vamos a llevar de nuevo al embarcadero, pues sería una paliza para él bajarlo hasta el mueco de curas. Vamos a esperar a ver cómo evoluciona en el campo.

Pero esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados. Llamamos al veterinario, que explica que podría tratarse de una enfermedad transmitida por las garrapatas. Habrá que sacarle sangre.

 Dejamos a madre e hijo en un cercado llano y de fácil control. Las demás vacas permanecen en la sierra, donde es más difícil para nosotros localizarlas, y más fácil para ellas quedarse rezagadas. Además, estando solos, no se ven obligados a correr al ritmo del resto del ganado. Como Langostillo está débil, opta por echarse y amonarse mientras el resto de vacas y becerros se mueven de acá para allá.

 

 

Hoy mismo, tras unos días apartados, ya se han incorporado Langosta y Langostillo al cercado de la sierra con el resto de la vacada. O sea, que nuestro Langostillo ya hace vida normal. Al final no fue necesario sacarle sangre ni tomar ninguna otra medida especial. Tras ponerle el antibiótico, fue mejorando día a día. Probablemente no sería más que un catarro, y con mimos y reposo al poco se ha restablecido completamente.

Siguen nuestros becerros creciendo y poniéndose fuertes, para que un día puedan encontrarse los toros bravos y los toreros valientes.

Vacas al borde de un ataque de nervios

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Antes de llegar al cercado, se adivinaba un tremendo guirigay en el recinto. Con el caballo aún se tardaba unos diez minutos en llegar al epicentro del caos. Durante todo este tiempo, las vacas no dejaron de bramar. Al acercarse, era tal el desbarajuste y la intensidad de los bramidos que se diría que todas las vacas andaban metidas en el berenjenal.

Corre la tropa de vacas, entre bramidos, detrás de algo. Al llegar, se encuentra el jinete a la vaca Cuba que, dolorida y renqueante de las patas, se arranca a la defensiva, vencida y humillada.

Entre todas, le habían pegado una paliza a Cuba, la vaca más bonita del cercado. ¿Os acordáis de ella? Os la enseñamos junto a su cría en "Día de la Madre". En aquel día de mayo posaba orgullosa y serena.

Vio enseguida el caballista que la vaca tenía la barriga hinchada. La debían haber caído y se habían ensañado con ella en el suelo- de ahí las heridas en la tripa.

 

¿Pero por qué le pegaron?, pregunto. Tendría una trifulca con alguna vaca y perdería, me dicen. Sobre todo cuando una vaca es la jefa, se ponen todas las demás en su contra.

Así que las vacas, como los toros, también se pelean. Aunque sí es cierto que con menos frecuencia. En las noches de verano, con la ventana abierta, no deja de oírse a los toros, retándose en su lenguaje secreto. Incluso las fundas no son suficientes para proteger a los toros de su propia furia: hace apenas unos días murió un toro reventado por los golpes de sus compañeros.

En cuanto a las vacas, suelen pegarse sobre todo a la hora de la comida. Los toros pueden compartir una pila de comida  pero las vacas no pueden comer del mismo pesebre. Se pegarían, porque cada una de ellas quiere adueñarse de toda la comida.

 

Os voy a contar una historia de la vaca Fardera, que ya sabéis lo poderosa y espléndida que es. Por la comida es capaz de imponerse al mismísimo semental del cercado. Un día que llevábamos pienso para el toro, vi algo que no había imaginado jamás: la vaca peleándose con el toro.

El toro, no sé si sorprendido o resignado, se batió en retirada sin oponer demasiada resistencia.

Y aquí están Fardera madre e hija disfrutando de su botín, mientras el toro opta por mirar hacia otro lado.

 

Os dejo con la vaca Cuba, unos días después de la paliza. Aún pueden observarse los varetazos y la tripa hinchada.

Ahora no se arrima mucho a las otras vacas, así que está sola, pues ya deshijamos a su becerra. Como también a uno de nuestros protagonistas, pero eso ya os lo cuento otro día.

 

 

 

Vacas en la sombra

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Son días largos como los de la infancia. Días para encontrar el sosiego y recordar cómo se disfruta y se juega. Con el pico y la pala cavo un hoyo como si el tiempo se hubiese detenido y pasado y presente fueran conceptos reservados para la mente retorcida de los mayores.

 Así también transcurre el verano caluroso para la becerra Fardera. Aporrea el sol con granizo incandescente, y el ganado busca cobijo bajo los árboles. Las vacas acaparan las sombras,

sombra1

 y los becerrillos permanecen tumbados.

sombra2

 

 

 ¿Cuál de estos becerros es nuestra Fardera? Vamos hacia la madre, que llama a su hija con un bramido leve y certero.

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Y acude la becerrilla.

llamada2

 

Parece que la vaca, amorosa, recibe a su cría con caricias sin fin. Con suavidad frota la cabeza sobre el lomo de la becerra, en un vaivén rítmico e hipnótico como el de un barco sobre el mar.

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 Que se rasca para quitarse las moscas, me dicen. ¡Pues no lo creo, porque tanta suavidad y dulzura tienen que esconder algo más!

 

 Cómo se reconocen madres y vástagos mutuamente por el berrido. De recién nacidos, el olfato es fundamental, madres y crías se reconocen principalmente por el olor. Pero enseguida el oído, junto a la vista, se desarrolla también.

 Por ejemplo, en el herradero las madres aguardan a que salgan los becerros del cajón de herrar, como esperándolos a la puerta del colegio. Las vacas no pueden ver al becerro en el cajón, pero sin embargo reconocen a su cría por el berreo, y no fallan en acudir a buscarla.

 Y también los becerros reconocen a su madre, como ahora cuando la becerra Fardera acude pronta y segura a la llamada de su madre.

 Es la labor del ganadero identificar a cada becerro y recitar su árbol genealógico como quien reza una letanía.

La espiga en el ojo ajeno

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Durante estas últimas semanas me han importado un pimiento el blog, los churros y creo que hasta la vida. Ahora, después del día-D hora-H, nado a contracorriente para montarme en los días que pasan como vagones.

Ya he tirado los periódicos viejos: las noticias han fermentado y apestan como el café que llevé al examen y que nunca llegué a tomar. Había un mensaje junto al tarro del café; sólo el mal olor me hizo leerlo, pasado el momento para el que fue creado. Como esas cartas que se pierden en el buzón y separan amantes, hasta que veinte años después un cartero diligente se apremia a entregarlas, cuando ya es tarde para todo excepto para rumiar inútilmente cómo la vida podría haber sido radicalmente distinta.

Quizá mi examen también pudiera haber ido mejor si hubiera mostrado la confianza que nunca tengo y que sin embargo mi dedicación merecía. Pero como la abuela que lee la carta del amante veinte, cuarenta años más tarde,  y que después levanta la mirada y contempla su humilde entorno, su vida de acontecimientos apenas perceptibles, y a pesar de todo sabe que no la cambiaría por nada, porque entonces dejaría de ser quien ahora es, así miro yo al álbum de diez meses echando un pulso denodado a mis propios límites, y sé que más allá de la apariencia de una nota, he llegado a la cima de mi montaña, y las vistas me apaciguan el ánimo.

 

Leer ahora las noticias de los periódicos viejos no me va a traer el recuerdo de los días que nunca existieron; también la vida de los becerros me ha sido ajena. Sus historias han permanecido estériles en el fondo del buzón, en un pozo amarillo que se hunde sin fin.

Pero voy a rescatar una imagen de un día en el que el sol amarillo, déspota y señor, ponía a prueba las convicciones de los hombres. Como el tribunal impasible descuidada e inadvertidamente examinaba las mías, durante tantos largos meses perseguidas a través del tamiz y custodiadas como pepitas de oro.

Habían venido mis amigas de Hong Kong, y nada más llegar se encontraron con un cajón estrecho lleno de hombres y churros. De hombres que sudaban ríos y que combatían los golpes de pezuñas y los cabezazos con contragolpes de humor.

 

Primero separamos los becerros de las madres. Vamos a curarlos porque a algunos de ellos podrían salirles nubes en los ojos. Una nube es un nombre bonito, me parece a mí, pero el concepto no lo es tanto. Se les meten a los churros espigas en los ojos, y si no se sacan a tiempo, se les produce una irritación que les pone el ojo azul o blanco, como las nubes que ensucian el cielo.

 

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Buscan con ahínco la espiga.

 

Mira, aquí está.

 

Luego le dan una pomada cicatrizante y le ponen antibiótico.

 

La becerra que más problemas les da, lo que se traduce en pisotones, es nuestra Fardera. Es de no creerse, esta becerra muestra siempre una fuerza y una determinación descomunales. Quizá podría aprender a manifestarlas como ella. Amenaza con salirse fuera del cajón de curas, y hay que bracear y despotricar para poder reducirla.

Se resiste Fardera.

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 ¡Y cómo salta!

 

Me explica el veterinario que la nube se produce porque la espiga produce una queratitis o inflamación de la córnea, lo que facilita el asentamiento de los gérmenes, que son los que causan que el ojo se ponga blanco o azul.

Pero todavía no están los ojos con nubes; eso no sería nada bueno. Hacen ganaderos y mayoral un repaso diario para comprobar cómo están los ojos. ¿Es fácil notar que pueden tener los churros un cuerpo extraño en el ojo? Pues no lo es; yo una vez acerté y dejé a todo el mundo con la boca abierta, pero tengo que admitir que en realidad fue una casualidad. Pero ellos pueden notar alteraciones en los ojos en la distancia. Aparentemente el párpado puede estar hinchado, el ojo lagrimea y parpadea. Pero vamos, no os molestéis mucho en tratar de identificar los síntomas: no es tan fácil ver la espiga en el ojo ajeno.

Hay que detectar la espiga a tiempo, antes de que la irritación, en apenas un día, dé paso a la infección.

 

En este día metieron todos los churros porque habían cambiado al ganado de cercado. Fueron a un campo que estaba guardado, y donde la hierba era alta y espigona. Y claro, hasta que el ganado zalea la hierba y cae la espiga al suelo, los churros pueden verse afectados. Y ahora os voy a contar una cosa curiosísima y un poco misteriosa: en animales adultos es más difícil que se produzca un pajazo.

Las teorías para explicar esta ley son dispares: uno dice que, claro, es que los churros tienen la cabeza más cerca del suelo. Otro contraataca explicando que también vacas y toros bajan la cabeza para comer hierba. Otro añade más misterio explicando que, inexplicablemente, los erales presentan ya menos pajazos que los añojos, incluso aunque tengan un tamaño semejante. La última voz concluye que lo que pasa es que los animales aprenden.

 Yo creo que los becerros son inocentes, y aún pequeños, y que tenemos que cuidarlos y mimarlos para que un día, en el examen más importante, demuestren todo el coraje y la nobleza que atesoran.

 

Mientras tanto, seguiremos encontrando la satisfacción en el trabajo diario, escondidos entre las espigas, ese trabajo íntimo del que mi amiga Josie ha dejado constancia con sus fotografías y sus palabras:

Don’t you remember you explained to me how bull-fighting is like when we were on the States? And I think by now I really get to know this cultural practise more when I came to see the bulls on your farm. The other day when we arrived at your farm and we got to see part of you and your family’s work on the farm, I would say that’s really like a hand-on experience for me. You know, I never got so close to so many bulls at a time, and then separated them. I think the logistic of doing so is amazing. It symbolizes the team work involved in this bull-raising business.

¿No te acuerdas que me explicaste de qué van los toros cuando estábamos en Estados Unidos? Pues ahora que he visto los toros en tu finca creo que he llegado a entender esta práctica cultural. El otro día cuando llegamos a la finca y pude ver un poco del trabajo que tú y tu familia lleváis a cabo, fue toda una experiencia para mí. Sabes, es la primera vez que estoy tan cerca de tantos toros (sic) a la vez, y después cómo los separasteis. Creo que la logística de esta actividad es alucinante. Simboliza el trabajo en equipo que implica la cría de toros bravos.

Os dejo con una foto del trabajo en equipo que mi amiga, recién llegada de China, supo apreciar.

 

Y que estoy muy contenta de estar de vuelta, y de deciros hola de nuevo a vosotros, a los churros, y al verano que empieza ahora para mí.

 

Chute de manzanilla

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Siento haber faltado el último día a mi cita semanal. El deber me llamaba. Y sigue llamando: es lo que tiene el deber, que se hace oír. Claro, que si le haces mucho caso, te encierra en una urna de cristal y te quiere para él solo.

Pero también dentro de esa urna se oyen otras voces, que retumban y retumban como un badajo y chocan contra el cristal de la campana en círculos inacabables. ¿Dicen que sigue habiendo mundo ahí fuera? Pues ya es hora de que vaya a verlo.

Así que he levantado un poquito la campana y me he escapado por un rato, sigilosa. Puede que haya desaparecido el mundo. Me voy a constatar que sigue en su sitio. Y me voy al cercado, que es más real que la misma realidad, a por un chute de esencia.

Como os dije, ahora están los becerros en un prado nuevo. Se han cambiado para aprovechar otros cercados. Estaban antes en un valle que se mantiene por más tiempo verde y fresco, y ahora vamos a guardarlo un poquito para cuando el verano tome posesión de sus dominios sin ni siquiera llamar. Han quedado tan solo en el viejo cercado quince eralitas.

Entonces ahora están los becerros y sus madres y el semental Carialegre en uno de los prados que se agostan antes. Me dicen que en este nuevo cercado la hierba es muy basta, y que por eso se han llevado ahora allí  a los animales antes de que no puedan aprovecharla. Ni idea de lo que quieran decir.

Pero cuando llego al cercado lo entiendo: la hierba no solo es basta, sino que es además espigona. Me encantan estas palabras secretas que son el lenguaje natural de los últimos lingüistas del campo. Lo de "espigona" lo veo claro: menudas pedazo espigas que empiezan a salir entre la hierba. Y eso, claro, no lo comen las vacas, que están duras las espigas.

Pero a parte del adjetivo interesantísimo espigona, resulta que con la misma raíz y concepto también se puede formar un verbo. Si la hierba es espigona, si aparecen espigas entre el pasto, es porque la hierba se espiga. Será deformación profesional, pero para mí es todo un hallazgo.

Será también prueba de que a pesar de todo sigo viva, de que no ha desaparecido por falta de uso la capacidad de sorpresa. ¡Y de que por dios, tanta campana no es vida!

Por eso el día antes de ir ya estaba emocionada. Como aprendí en el Principito, me puse a preparar mi corazón (*). Y se acercaban las cuatro, y más alegría me entraba. ¿No es estupendo cuando se escapan sonrisas sin querer como palomas de un sombrero mágico? 

Entonces llegué, y al abrir la puerta del coche, durante un solo segundo, me zarandeó una terrible y penetrante bocanada de manzanilla. Un huracán de apenas un segundo más intenso y perdurable que montañas de minutos lastimosamente engarzados en saberes inservibles.

Estaban la mayoría de los animales tumbados. ¿Y eso? ¿Hemos venido en algún momento especial? Simplemente están echados disfrutando de la primavera. En invierno con el frío no paran quietos, rebuscando hierba y combatiendo la dureza del clima. Pero ahora disfrutan de la primavera. Que está aprovechando este año un poquito más entre las sábanas verdes y frescas, perezosa. Quizá también dándome a mí una tregua, concediéndome una prórroga para que yo también pueda disfrutar de ella.

Lo que me encuentro en el campo puede que no sea una sorpresa, sino lo esperable, teniendo en cuenta que Caraalegre nació ya en noviembre.

¿Pero no os resulta de todas formas chocante verlo mamar con sus dos cuernos ya más que incipientes?

 

 

 Vaya, aquí está otra vez. ¿Podéis oler ahora la manzanilla?

(*) Al día siguiente volvió el principito.
-Hubiera sido mejor que volvieras a la misma hora de ayer –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, te estaré esperando desde las tres y cuanto más se aproxime la hora de la cita, más feliz me sentiré. Y para las cuatro, me sentiré sumamente inquieto por verte y descubriré entonces lo que vale la felicidad. Pero si vienes a horas distintas no sabré cuándo empezar a preparar mi corazón… Los ritos son imprescindibles

 

Sexo en el campo

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To Marta

 

El título no busca morbo, ni atraer nuevos lectores. Aunque no pueda escribir tan a menudo como quisiera, sé que al otro lado del ordenador hay quienes se interesan por los becerros y disfrutan de la ración de campo, y esos son quienes hacen el blog posible.

 

Surgen sentimientos positivos alrededor de los becerros, como esas flores blancas que se soplan y vuelan,  y eso me hace pensar que nada malo les puede ocurrir a los becerros. Creo que es muy importante que la energía común fluya para que cualquier acción pueda tener éxito.  Y lo creo porque lo siento, quizá porque en el aislamiento del campo es donde más se nota esa energía.

 

Y si nosotros inspiramos energía de la naturaleza y de los sentimientos compartidos, creo que también a su vez  expiramos buenas vibraciones, y eso se nota en la placidez de los becerros.

 

No hay nada como venir cansada de unas carreras por los caminos que a estas alturas todavía conservan una exuberancia violenta y verde, para sentir que el mundo está en orden. Y que todas las dificultades no lo son tanto, porque es la lucha lo que merece la pena. Y más aún cuando la compañía es buena.

 

 

 

Pero no puedo evitar este título, no es la naturaleza un lugar para censuras. Decimos que la naturaleza es perfecta, y sabia, y modelo de equilibrio y cordura, y sin duda lo es, pero no siempre de la manera a la que nosotros queremos reducirla. La naturaleza es salvaje, y hasta cruel, sobre todo porque se muestra indiferente a nuestros deseos de querer domeñarla, de hacerla pequeñita y de bolsillo para poder entenderla. No está la naturaleza  en una maceta en la ventana ni en un pez naranja dando vueltas en su bote de cristal.

  

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Así que el otro día esta imagen inesperada y sorpresiva me zarandeó de repente. Mi primera reacción fue preguntar entre temerosa e incrédula: ¿pero no será esa la madre? Y no lo era, lo que me alivió momentáneamente, mientras trataba de poner un poco de orden en la escena.

 

Pero ahora sé que esa podría haber sido perfectamente la madre, y eso no está mal, ni bien, sino todo lo contrario. 

 

Se rige la naturaleza por sus propios códigos, y querer dominarlos y moldearlos a nuestra medida sería tan absurdo como intentar meter todo el mar en un cubo. Por eso el título de esta entrada no admite censura.

 

La explicación es tan sencilla como que la vaca está en celo, y el becerro ya muestra un incipiente deseo sexual. Parece ser que el instinto sexual aparece entre los becerros a los tres o cuatro meses, y a partir del año, o incluso un poco antes, ya tienen estos animales la capacidad de fecundar.

 

Pero podemos estar tranquilos, esta entrada no va a ir más lejos en su grado de perversión: me dicen que es imposible que la vaca se quede preñada, “porque los becerros no llegan hasta ella”. Por hoy basta de historias raras, no hay nada más que tenga que asumir por el momento: puede que la naturaleza sea salvaje e incontenible, pero sigue mostrando un engranaje perfecto.

 

Eso sí, por lo visto de vez en cuando aparece algún caso en el que una de las becerras se ha quedado preñada. Cuesta asumir estas conductas adolescentes como debe de costar aceptar que los hijos crecen, y salen, y no rinden cuentas a nadie.

 

Pero por ahora, antes de esa edad difícil, todavía podemos disfrutar un poco más de nuestros becerros. Se desahijan o separan de sus madres periódicamente, cada dos o tres meses, antes de que los becerros cumplan los ocho o nueve meses.

 

Además, claro está, también se desteta a los churros para dejar a las vacas descansar. Pueden salir a toro, y por tanto quedarse preñadas, “si están buenas”, al mes de parir. Entonces parirán de nuevo cuando el becerro primero tenga alrededor de diez meses. Y en los últimos meses del embarazo, las vacas se irán secando, ya no podrán amamantar a su cría.

 

Pero como os digo, todavía tenemos un poquito de tiempo para disfrutar de nuestros becerros, y de acumular grano de primavera antes de que el verano impaciente e impetuoso la eche de un manotazo. Iremos pronto al cercado de nuestros becerros… Bueno, en realidad están en un nuevo cercado, el próximo día os lo enseño.

 

 

Quizá habréis notado que la foto es de otro grupo de vacas. Me vuelvo a casa y ahí las dejo, protagonizando una sucesión de escenas que nos dan una lección de realidad. Van dos vacas a la carrera seguidas por el toro y por un montón de churros alborotados.

Me comentan también que cuando dos vacas andan a toro, y el toro cubre a una, puede acercarse la otra y subirse encima del toro. O sea, un trío en toda regla.

¿Disolución? ¿Modelo a imitar? Instinto. Ni más ni menos. La naturaleza en estado puro.

Lo esencial es invisible a los ojos

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Vuelvo una semana después a casa, y todo sigue igual. No duran mucho las celebraciones en el campo; tampoco las penas. Al final lo que sí queda, al margen de los resultados, son las emociones compartidas. Unas pocas veces se comparten alegrías, siempre preocupaciones, y en otras ocasiones, cuando las cosas no han rodado tan bien como esperábamos, se soporta el silencio mano a mano. Así que, esta vez, gracias por compartir con nosotros la alegría de la corrida de Madrid.

Las alegrías y las penas se viven de forma tan íntima que es difícil  que otros las puedan sentir por nosotros. Es difícil expresarlas, y es también difícil que podamos comprender las de otros. Por eso me maravilla que haya quienes puedan entender el significado que tiene para nosotros criar toros bravos. Un amigo me decía una vez que la misma significación e importancia podía encontrarse en cualquier profesión, y sin duda es verdad.

Creo que hablamos sobre un ciclista, y sobre un carnicero. Al final lo que importa es la entrega, la profesionalidad, el trabajo bien hecho, y el amor que estés dispuesto a ponerle.  Y no siempre es fácil encontrar dónde poner nuestras pasiones, o estar dispuestos a ponerlas en alguna parte, con la exigencia y el compromiso que atender una pasión requiere.

Que el trabajo sea tu vida, y no porque seas un obseso del trabajo o lo utilices para huir de ti mismo y de la realidad, sino porque te llena, te enriquece y te pone al alcance una serie de valores que te moldean como persona y dan forma a tu potencial, es un lujo al alcance de pocos. Y por eso admiro el trabajo de los de casa, y me miro en su espejo.

Porque ahí es donde he aprendido que el  verdadero triunfo es invisible a los ojos. No radica en el resultado, que siempre es más o menos circunstancial; hay que buscarlo en la constancia, en la dedicación, y en la afición sin límites. Quizá en la nueva era del toro clonado, deje de ser éste un oficio artesanal. Y tengamos churros como muebles modernos, perfectamente pulidos, sin ninguna de las vetas y tachas que anuncian las piezas hechas a mano.

Pero hasta entonces, seguiremos regando con mimo los frutos del cercado. Y disfrutando de verlos crecer, perfectos en su imperfección redonda.

 

                 

                                 

El mundo sería un lugar mucho más duro y feo sin pasiones, y si no pudiéramos compartir lo que es importante para cada uno de nosotros. Así que tenía ganas de volver a casa, de ir al cercado de los becerros, y de poder contároslo. Pero yo que pensaba encontrarme con los pequeñines, y resulta que estos becerros están creciendo muy deprisa. Hay alguno que hasta ya está en plena edad del pavo... Dentro de poquito os cuento por qué.