{morfeo 2}
¡Hola! Estas fotos son del fin de semana pasado. Tenía compromisos y apenas tiempo para pasar por casa. Lo mejor sería no ir al Puerto, me agobian los viajes con prisas. Sí, nos quedamos aquí, ya iremos después directamente a la cena. Una vez decidido, salgo a hacer recados. Y entonces veo claro y me lleno de resolución:
No, dejemos todas estas tareas sin importancia, nos vamos ahora mismo. Lo ves, ¿no?: es que lo necesito.
Fueron tres horas en El Puerto de lo más corrientes, de las que se suceden ciegas día tras día. ¿Veis las vacas? No hacen nada especial, tan solo les han echado de comer como todos los días. Y así las he fotografiado yo, en actos intranscendentes que de tan repetidos no llegan a tener significado. Aquí están, mirando sin sentirse observadas, esperando mientras quizá su mente está en otro lugar, acercándose despreocupadas al pienso, comiendo como si fuera un día de diario.
Y sin embargo yo subo por el camino, y al aparecer los campos aún tan extrañamente amarillos en el mes de octubre, experimento una familiaridad nueva, como si por primera vez me diera cuenta del cambio tan largamente sobrevenido en la persona querida. Siento entonces la excitación de lo desconocido, la posibilidad de la alegría, la ruptura con la cotidianidad muerta. Me siento como un aficionado que sueña desde el metro con la oportunidad del campo, y en el andén se topa con una encina.
Fueron solo tres horas en El Puerto. Fue un alijo de calma, un espejo que me devolvía mis rasgos, un salvaconducto para regresar afuera. Ocurrió un sábado sin historia antes de las lluvias, los campos continuaban amarillos. En la semana que entró, volvieron las lluvias. Puede que lo más importante tienda a pasar desapercibido.
Últimos días de verano, últimos días de vacaciones. Las hojas del calendario vuelan en remolinos, arrancadas por las brujas de aire que aparecen a finales de agosto. Las brujas de aire siempre me han fascinado, seguramente por el nombre tan mágico. De hecho de muy pequeña un día volé, atrapada por un remolino una mañana de viento implacable, según bajaba la cuesta a casa de Jesús el vaquero, a la altura de los peñascos en un pequeño desnivel del terreno que yo llamaba colina.
Siempre han pasado cosas mágicas en nuestro puerto, a veces de mar y a veces de montaña. Unas veces un ancla para que se refugien los barcos de las amenazas del mundo; otras, un paso entre montañas para llegar a lo más alto. Y entre las cosas más mágicas, pienso ahora, es que la casa de abajo, la casa que yo iba a visitar el día que volé, siga siendo la casa de Chon, y el cercado de detrás de la casa es el de Jesús el vaquero, su marido, aunque haga años que ya no vivan aquí.
Las brujas que nos visitan al final del verano nos recuerdan que hay lugares y personas, hitos que marcan lo vivido, que permanecen en la memoria difusa de lo mitad real, mitad hechizado.
Pero hablar de personas que vienen y van a las orillas del puerto como olas de mar hoy me va a poner triste, porque estamos en época de cambio, como este día final de agosto que nos amenaza con la horca del frío y la humedad. Lo que quiero contar es algo simple y cotidiano, solo lo que ocurrió ayer, un día de agosto en el que todavía era verano. Lo quiero contar a modo de diario, unas anotaciones breves y oscuras, sin importancia, en las que se lucha contra el sinsentido de las fechas del calendario arrebujadas en un rincón como hojas secas.
Cuando me levanté los buenos días fueron: "Va a venir Esaú a torear unas vacas". Me vestí rápido, pues ya era más bien tarde, y fui para la plaza. Estaban metiendo unas vacas ya grandes, de nota excelente en la tienta, pero que se habían quedado machorras (esto es, que no daban crías). Tendrán que ir a algún pueblo, y siempre viene bien torearlas y citarlas un poco antes para que aprendan a desconfiar de los que las llaman impunemente detrás de burladeros y talanqueras.


Lo que vi fui a unos chicos jóvenes, llenos de fuerza y afición, que disfrutaban toreando y transformando la adrenalina de la emoción en técnica. Se daban consejos, se ayudaban mutuamente, alternativamente se jaleaban y se instigaban unos a otros con desenfado y buen humor.

Alegría, mucha alegría, y tremenda afición. Solo cabe desearles toda la suerte del mundo. O al menos aprender de su pasión y optimismo- no parece mal barco para empezar a navegar en la vuelta al trabajo.
Era ya la hora de comer, y había comida para cuatro. Pero creo que el milagro de los panes y los peces no es más que el prodigio de la hospitalidad y la llaneza, así que entre el aire que ya empezaba a amenzar con levantar las mesas como el huracán del Mago de Oz finalmente comimos todos. Dorothy de los zapatos rojos volando en la casa de madera para crearse un mundo a su medida.
En cuanto a las buenas tardes, que esta vez di yo primero, fueron estas: "Levanta, que han llamado que hay un fuego por donde las otras vacas, y a lo mejor hay que cambiarlas de sitio". Soplaba el viento a nuestro favor: nos mantuvimos al lado de las vacas, no muy lejos del fuego, pero el olor y el calor se precipitaban por el otro lado de la ladera. Nosotros no llegamos a sentirlos. Nos limitamos a observar el humo negruzco que pronto comenzó a blanquear, mientras manteníamos una guardia tan tenaz como ciega.
Los helicópteros sobrevolaban nuestras cabezas en un ir y venir incesante como pajarracos perseguidos por las balas de los furtivos. Al rato, controlado el fuego, ya pudimos echar de comer a las vacas como habitualmente. Sin embargo, el ganado permanecía desperdigado por los cercados, espantado por el ruido infernal de las máquinas volando bajo. Llamamos a los animales con la voz, con el claxón del coche.

Comienzan a aparecer las vacas entre los robles, aún refugiándose detrás de las ramas. Qué estrés y cuánta perplejidad. Hoy van a comer un poco menos que de costumbre.

A pesar de la foto borrosa, ¿podéis adivinar a las vacas al fondo, recelosas todavía, apareciendo entre los árboles?
Y las buenas noches me las dan unos amigos: "Muchas gracias por enseñarnos el ganado, no podíamos imaginar que se pudieran ver los toros tan de cerca".

Han observado que el ganado bravo puede estar tranquilo en el campo, plácido como un rey seguro de su feudo, pero también han sabido ver la dignidad y el orgullo con los que vacas y toros de lidia inundan la dehesa. El espíritu de acometividad, la bravura como el haz inseparable del envés de la nobleza.

Hemos recorrido los cercados con el coche, hemos merendado huevos de las gallinas con las que no pudo la zorra y tomates del jardín. El viento frío nos dio una tregua, reservándose para el día siguiente. Aún era verano, aún los toros disfrutaban de la calma de la noche, sin revelar en su extraño y obcecado silencio que agosto llegaba a su fin.
Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Me voy a dormir. No pienso ni sueño; la realidad del día es suficiente para arrullarme y llenar mi mente. Vienen mis padres de enterrar una ola en el océano. Miro un cuadro y una foto del pintor en el periódico con la sonrisa de la bonhomía.
Pienso ahora en los cuadros de García Campos, que recogían lo cotidiano del campo, que revelaban la magia. Y pienso sobre todo en el vaivén infinito de las olas del mar, en la gente que nos entrega su presencia, y luego se va.
Voy a guardar todas las olas en un cofre sin cerrar.
Si oyes una voz dentro de ti diciéndote "no sabes pintar", pinta, ¡faltaría más! y la voz se callará.
Vincent van Gogh
Durante las vacaciones de verano he tenido la inmensa suerte de visitar el Lake District, en el norte de Inglaterra. Pequeños lagos con el encanto de lo sencillo y hasta tosco, otros más grandes y turísticos; pero todos ellos siempre con el atractivo de las corrientes de agua, de las dulces montañas inglesas, de las sinuosas carreteras que discurren entre brumas y luces.
Ha sido más que una visita, porque lo que se ve con los ojos de fuera, a ojo de cámara, se pierde entre las maletas de Ryanair y las restricciones de peso de la compañía. Ha habido tiempo y calma para traer lo visto en el Lake District atrapado para siempre en el carácter en formato dibujo.
Yo, que nunca pude entender cómo los rápidamente olvidados profesores de dibujo podían esperar que me lanzara a dibujar sin que antes me hubieran enseñado cómo hacerlo ni cómo disfrutar de la tarea; yo, que lograba entregar las láminas en el colegio firmando trabajos que no siempre había sido capaz de pergeñar, ahora me veo trayéndome los juegos de luces de lagos y montañas de Cumbria con el reposo y la agudeza que da el dibujo. Cada pincelada penetrando de forma permanente en el papel poroso de la memoria.
También he tenido tiempo para apreciar, más allá de las aguas turbulentas de los saqueos y revueltas sin objeto en las ciudades más grandes, la piedra que los ingleses de bien esconden amarrada en el fondo del lago: el valor de lo rural, la delectación en el paisaje, la pertenencia a la comunidad y el aprecio por lo local. En la superficie del agua calma estos valores se extienden de forma más callada pero con mayor alcance que las olas furiosas y destructivas creadas por las rocas que arrojan torpemente los jóvenes urbanos, víctimas de una sociedad desestructurada e hijos de una educación impotente.
En las montañas se alza orgullosa la naturaleza, cuidada atentamente y profundamente respetada por el hombre. Y a sus pies los hombres, levantados en pie de guerra para disfrutar de su legado, para contribuir de forma activa al mantenimiento de la comunidad, para responder con sus acciones a los valores heredados. Sin esperar que otros lo hagan por ellos, sin creer en los milagros.
Pero yo sí creo en los milagros, o quizá tan solo en que la fe sin fisuras puede producir cambios. Y me gustaría algo así- entrega, aprecio, disfrute, compromiso- para nuestro campo.

¿Qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
Platón (Mito de la caverna)
Han cambiado mucho las cosas. Ya no paso las horas frente a una ventana por donde procesionan ante mí en un goteo incesante vacas, bueyes, caballos y los hombres que los dirigen. Un día aparcaron dos coches, y de ellos sacaron los hombres capotes y muletas. Empezaron a torear sobre el barro, sin toro, y aún así a derrochar sentimiento y pinturería, y sobre todo alegría, alegría contagiosa. Reían y disfrutaban, y yo desde mi reclusión tras los cristales de la ventana, reía también a carcajadas. Pusieron algo de música entonces, un poco de flamenco para acompañar el sentimiento de donaire y desgarro, y flotaban los capotes, y los acompañaba el cuerpo alto en vuelo por los aires.
Después he sabido que apagaron la música e hicieron aterrizar los capotes porque recordaron mi sitio tras la ventana, y mi dedicación unívoca, y no quisieron molestar.
Puede que no fueran muchos los momentos de asueto que tuve durante el curso pasado, pero los que tuve los viví al máximo. “Vente un momento que vamos a echar a las vacas”, y yo iba, y el campo cada día me regalaba una historia con palabras como las gotas de miel dulce que cantaba Gabriel y Galán: “y dentro del sentido caían las cadencias/ como doradas gotas de dulce miel que del panal fluyeran”. Y eso bastaba para que la entrega de un año de oposiciones se hiciera llevadera, y mereciera la pena.
Ahora el esfuerzo dio sus frutos, y me encuentro en otro mundo, en un valle recóndito, donde nadie sabe de toros ni de los hombres que los cuidan. Y a veces yo también me siento apartada, como si hubiera sido expulsada del paraíso, como si yo misma me hubiera desterrado como hizo El Cid cuando vio que no podía escapar a su destino: “Tú me destierras por uno, ¡yo me destierro por cuatro!”
Y me cuesta escribir porque ya no me siento una con la tierra, porque ya mi alma no pajarea por los caminos, porque a veces El Puerto no es más que una proyección de mis ansias, porque sigue siendo real para los demás, y para mí a veces no puede ser más que un ancla, un refugio mental, el tronco gastado de una encina vieja.
Porque no oigo las voces sabias de los hombres que han nacido con el campo dentro, porque ya no pueden enseñarme a mirar ni mostrarme el significado oculto de los actos cotidianos.
Y sobre todo porque durante unas semanas no he podido quitarme este verso de Luis Rosales de la cabeza: “¿Y quién te cuida, Luis?”. ¿Y quién os cuida a vosotros, quién sabe de vuestro ahínco, de vuestro celo, de vuestra forma de vida?
Escribo desde el espacio exterior, y resulta que aquí hay formas de vida para las que no es necesaria el agua de la sierra. Formas de vida, inteligentes o primitivas, ajenas a los secretos de las vacas.
Esaú y Curro plegaron un día los capotes y su gracia y alegría porque no quisieron molestarme en mi viaje a los confines de la galaxia. Pero el breve espacio en el que volaron los capotes fue suficiente para traspasar la barrera del sonido. Hoy llega el recuerdo vivo hasta mí como la claridad que viaja a años luz, y se recibe como si acabara de nacer.
Así también es suficiente el resplandor que llega desde vuestro lugar olvidado para saber que, aunque el mundo ahí fuera pueda existir sin saberlo, sois vosotros los que estáis en el centro de la galaxia, y es el secreto de las vacas el que alienta la vida a mi alrededor.
Y a vosotros, habitantes inconscientes y autosuficientes del mundo exterior, os digo con Cernuda: Tened cuidado, “su fulgor podría destruir vuestro mundo”.
A Lz en su cumpleaños, y a JJ, siempre
Último día de agosto. Cuatro de la tarde. Herido de muerte, aún embiste el verano. Este toro duro y agrio no yerra su objetivo: de la herida brota bochorno a borbotones.
-Hay que ir a echar a las vacas.
-Puf, ¿pero a todas?
-Pues claro.
¿Y qué están comiendo ahora las vacas? Mira, les estamos cortando fresno, que les aporta tanta fibra como la cebada pero la mitad de energía. Comen muy bien las ramas de fresno, así frescas y tiernas.

Y para cubrir las necesidades de energía, se completa la alimentación de la vacada con una ración de pienso.
Mientras me cuentan esto, yo sigo a lo mío, absorta en el calor que hace y en las porteras que me quedan por abrir, cada una con su truco artesanal, sólo aptas para magos. Y entonces, ¡anda!, pero de dónde han salido los montones de pienso.

Pues de esta máquina mágica que tenemos desde hace un par de semanas. Basta darle a la palanca, y ella sola esparce el pienso en pequeñas dosis como píldoras. Con lo que ya no hace falta echarse el saco al hombro y repartir el pienso a mano. Desde luego, es bastante más rápido.
Venga, llama a las vacas que vengan. Las llamamos a voces, y la tropa aparece tras el montículo marchando en formación con paso de ejército. Pero todavía faltan muchas vacas por venir. No se las ve. Estarán arriba en la sierra y no nos oyen.
Anda, cómo no, la vaca Fardera. Ahí la tenemos esperando en primera fila. Mírala qué golosa es.

Espero que no os importe el protagonismo que han venido acaparando nuestras vacas, con Fardera a la cabeza. Las vacas madre son uno de los engranajes clave de la ganadería, y sin embargo son los machos, hijos y padres, los que parecen llevarse todos los honores. Las vacas, mientras tanto, tocan en secreto la música callada del campo.
Pero dentro de poco también nosotros las dejaremos a un lado, arrastrados por la rueda veloz del tiempo. Las vacas seguirán con su labor oculta, en el centro de la tierra, en el corazón del campo. Y nosotros nos marcharemos con nuestros becerros, que siguen creciendo y empiezan a independizarse.
Se acerca septiembre de puntillas, y extiende una mortaja blanca sobre los sueños de verano. Caerá el olvido sobre los romances de agosto, y nadie se acordará si llegaron a consumarse nuestras ansias.
Comienza el curso y los becerros empezarán a vivir lejos de las faldas de sus madres: ¿los recordarán en la distancia? Yo me enfrentaré a mis fierecillas particulares: ¿podré ayudarles a volar más alto y más lejos?
Pero aún, inconscientes e infantiles, se acercan trotando los becerros.

¿Apunta maneras este alumno? ¿Qué esconde su fisionomía de infante? ¿Llegará a desarrollarse su bravura incipiente?

Pero ya está bien de ensoñaciones. Me dejan en casa. He pasado calor, tragado polvo, y metido el pie desnudo en un cardo. A pesar de invenciones y nuevas máquinas, vengo directa a quitarme esta ropa sucia. Con una mezcla de alivio por el descanso y de envidia por lo que permanece en el sudor y el polvo ajenos: la dedicación, la entrega, y sobre todo la febril constancia.
Está siendo un verano sangriento para nuestros toreros, aún cuando haya algún filósofo que se ha propuesto medrar convenciendo al gran público de que los toros no son tan fieros como los pintan. Si acaso, según él, el peligro radica en arañarse con una banderilla.
La realidad, como no podía ser de otra forma, viene tristemente a contradecir al gran filósofo. Aunque más penoso es que ni siquiera el pitón que destroza las entrañas de los hombres pueda abrir una pequeña brecha en la estrechez de miras de aquellos que supuestamente se dedican a buscar la verdad.
Los ganaderos crían los toros para gloria de los toreros, y creo que la sangre y el pundonor de los que se visten de oro y plata abonan la dehesa. Si hay hombres en el ruedo dispuestos a entregar lo mejor de sí mismos en busca de la perfección y el trabajo bien hecho, cómo no va a haber ganaderos que dediquen todas sus horas a dar forma a un ideal.
Algunos de los héroes luchan a brazo partido por recuperarse de las heridas del ruedo, dispuestos a volver al frente. En el campo también tenemos nuestro pequeño sanatorio de becerros.
Este es nuestro Langostillo, que ha estado un poco pachucho, con diarreas. Aquí le estamos poniendo antibiótico y vitaminas en el mueco.

Al día siguiente lo apartan junto a la madre, de forma que no estén junto con el resto de vacas y crías. Así podrán estar más tranquilos, al tiempo que para nosotros será más fácil hacerles un seguimiento exhaustivo.
¿Pero qué le pasa a Langostillo? Parece que está un poquito más alegre, pero sigue flacón. Tiene los ojos hundidos y podría tener fiebre. Lleva así un tiempo, tristón y parado.

Vamos a dejarlo aquí junto a su madre, apartado del resto de la vacada. No lo vamos a llevar de nuevo al embarcadero, pues sería una paliza para él bajarlo hasta el mueco de curas. Vamos a esperar a ver cómo evoluciona en el campo.
Pero esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados. Llamamos al veterinario, que explica que podría tratarse de una enfermedad transmitida por las garrapatas. Habrá que sacarle sangre.
Dejamos a madre e hijo en un cercado llano y de fácil control. Las demás vacas permanecen en la sierra, donde es más difícil para nosotros localizarlas, y más fácil para ellas quedarse rezagadas. Además, estando solos, no se ven obligados a correr al ritmo del resto del ganado. Como Langostillo está débil, opta por echarse y amonarse mientras el resto de vacas y becerros se mueven de acá para allá.

Hoy mismo, tras unos días apartados, ya se han incorporado Langosta y Langostillo al cercado de la sierra con el resto de la vacada. O sea, que nuestro Langostillo ya hace vida normal. Al final no fue necesario sacarle sangre ni tomar ninguna otra medida especial. Tras ponerle el antibiótico, fue mejorando día a día. Probablemente no sería más que un catarro, y con mimos y reposo al poco se ha restablecido completamente.
Siguen nuestros becerros creciendo y poniéndose fuertes, para que un día puedan encontrarse los toros bravos y los toreros valientes.
Antes de llegar al cercado, se adivinaba un tremendo guirigay en el recinto. Con el caballo aún se tardaba unos diez minutos en llegar al epicentro del caos. Durante todo este tiempo, las vacas no dejaron de bramar. Al acercarse, era tal el desbarajuste y la intensidad de los bramidos que se diría que todas las vacas andaban metidas en el berenjenal.
Corre la tropa de vacas, entre bramidos, detrás de algo. Al llegar, se encuentra el jinete a la vaca Cuba que, dolorida y renqueante de las patas, se arranca a la defensiva, vencida y humillada.
Entre todas, le habían pegado una paliza a Cuba, la vaca más bonita del cercado. ¿Os acordáis de ella? Os la enseñamos junto a su cría en "Día de la Madre". En aquel día de mayo posaba orgullosa y serena.
Vio enseguida el caballista que la vaca tenía la barriga hinchada. La debían haber caído y se habían ensañado con ella en el suelo- de ahí las heridas en la tripa.
¿Pero por qué le pegaron?, pregunto. Tendría una trifulca con alguna vaca y perdería, me dicen. Sobre todo cuando una vaca es la jefa, se ponen todas las demás en su contra.
Así que las vacas, como los toros, también se pelean. Aunque sí es cierto que con menos frecuencia. En las noches de verano, con la ventana abierta, no deja de oírse a los toros, retándose en su lenguaje secreto. Incluso las fundas no son suficientes para proteger a los toros de su propia furia: hace apenas unos días murió un toro reventado por los golpes de sus compañeros.
En cuanto a las vacas, suelen pegarse sobre todo a la hora de la comida. Los toros pueden compartir una pila de comida pero las vacas no pueden comer del mismo pesebre. Se pegarían, porque cada una de ellas quiere adueñarse de toda la comida.
Os voy a contar una historia de la vaca Fardera, que ya sabéis lo poderosa y espléndida que es. Por la comida es capaz de imponerse al mismísimo semental del cercado. Un día que llevábamos pienso para el toro, vi algo que no había imaginado jamás: la vaca peleándose con el toro.


El toro, no sé si sorprendido o resignado, se batió en retirada sin oponer demasiada resistencia.
Y aquí están Fardera madre e hija disfrutando de su botín, mientras el toro opta por mirar hacia otro lado.

Os dejo con la vaca Cuba, unos días después de la paliza. Aún pueden observarse los varetazos y la tripa hinchada.

Ahora no se arrima mucho a las otras vacas, así que está sola, pues ya deshijamos a su becerra. Como también a uno de nuestros protagonistas, pero eso ya os lo cuento otro día.
Son días largos como los de la infancia. Días para encontrar el sosiego y recordar cómo se disfruta y se juega. Con el pico y la pala cavo un hoyo como si el tiempo se hubiese detenido y pasado y presente fueran conceptos reservados para la mente retorcida de los mayores.
Así también transcurre el verano caluroso para la becerra Fardera. Aporrea el sol con granizo incandescente, y el ganado busca cobijo bajo los árboles. Las vacas acaparan las sombras,

y los becerrillos permanecen tumbados.

¿Cuál de estos becerros es nuestra Fardera? Vamos hacia la madre, que llama a su hija con un bramido leve y certero.

Y acude la becerrilla.

Parece que la vaca, amorosa, recibe a su cría con caricias sin fin. Con suavidad frota la cabeza sobre el lomo de la becerra, en un vaivén rítmico e hipnótico como el de un barco sobre el mar.

Que se rasca para quitarse las moscas, me dicen. ¡Pues no lo creo, porque tanta suavidad y dulzura tienen que esconder algo más!
Cómo se reconocen madres y vástagos mutuamente por el berrido. De recién nacidos, el olfato es fundamental, madres y crías se reconocen principalmente por el olor. Pero enseguida el oído, junto a la vista, se desarrolla también.
Por ejemplo, en el herradero las madres aguardan a que salgan los becerros del cajón de herrar, como esperándolos a la puerta del colegio. Las vacas no pueden ver al becerro en el cajón, pero sin embargo reconocen a su cría por el berreo, y no fallan en acudir a buscarla.
Y también los becerros reconocen a su madre, como ahora cuando la becerra Fardera acude pronta y segura a la llamada de su madre.
Es la labor del ganadero identificar a cada becerro y recitar su árbol genealógico como quien reza una letanía.





