Salimos al campo para ver a Caraalegre, para disfrutar un poco de la vida nueva de la primavera. Y basta ese esfuerzo, ese abrirse a la alegría, para que las buenas nuevas se multipliquen.
Mira aquel churro de allí, me dicen. ¿Aquel churro de dónde? Como mucho veo yo una mancha negra, que probablemente sea una piedra o un matorral. O puede que un saco sucio. Pero tienen estos hombres de campo los sentidos aguzados para detectar los mínimos cambios en la naturaleza, y efectivamente aquello es un churro.
Pequeño, recogido sobre sí mismo, hecho un ovillo. Parece un caracolillo con la cabeza metida dentro de su concha. Está acostado entre unos matorrales. Pero "acostado" es la palabra que utilizo yo, realmente el becerro está "amonado".
Y ahora os voy a contar qué es eso de "amonado" y por qué está el becerro ahí solo entre los matorrales. Es una historia en verdad interesantísima.
Muchos quizá habréis oído que las vacas esconden a sus crías para protegerlas. Pero incluso para mí, una cosa es haberlo oído, saberlo, y otra muy distinta es la emoción de ver realmente al churro escondido, amonado entre los matorrales. Esto es, echadito sin moverse.
Espero que la foto os pueda transmitir un poco de la excitación de descubrir al becerro en la aparente mancha inerte.

Por lo visto maman los churros de mañana y de tarde. Me dan hasta horas aproximadas, para que nos hagamos una idea: en torno a las diez de la mañana y a las seis de la tarde.
Por la noche tienen las vacas a los becerros junto a ellas. Durante el día las crías no pueden seguir el ritmo de las madres, así que las vacas dejan a los churros escondidos en alguna parte. Y ellas se dedican a sus asuntos: básicamente buscar hierba. ¡Esto sí que es una política de conciliación familiar efectiva! ¡Aquí la naturaleza desde luego despliega toda su inteligencia!



















Comentarios
Un brindis para estas gentes!
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