Durante estas últimas semanas me han importado un pimiento el blog, los churros y creo que hasta la vida. Ahora, después del día-D hora-H, nado a contracorriente para montarme en los días que pasan como vagones.
Ya he tirado los periódicos viejos: las noticias han fermentado y apestan como el café que llevé al examen y que nunca llegué a tomar. Había un mensaje junto al tarro del café; sólo el mal olor me hizo leerlo, pasado el momento para el que fue creado. Como esas cartas que se pierden en el buzón y separan amantes, hasta que veinte años después un cartero diligente se apremia a entregarlas, cuando ya es tarde para todo excepto para rumiar inútilmente cómo la vida podría haber sido radicalmente distinta.
Quizá mi examen también pudiera haber ido mejor si hubiera mostrado la confianza que nunca tengo y que sin embargo mi dedicación merecía. Pero como la abuela que lee la carta del amante veinte, cuarenta años más tarde, y que después levanta la mirada y contempla su humilde entorno, su vida de acontecimientos apenas perceptibles, y a pesar de todo sabe que no la cambiaría por nada, porque entonces dejaría de ser quien ahora es, así miro yo al álbum de diez meses echando un pulso denodado a mis propios límites, y sé que más allá de la apariencia de una nota, he llegado a la cima de mi montaña, y las vistas me apaciguan el ánimo.
Leer ahora las noticias de los periódicos viejos no me va a traer el recuerdo de los días que nunca existieron; también la vida de los becerros me ha sido ajena. Sus historias han permanecido estériles en el fondo del buzón, en un pozo amarillo que se hunde sin fin.
Pero voy a rescatar una imagen de un día en el que el sol amarillo, déspota y señor, ponía a prueba las convicciones de los hombres. Como el tribunal impasible descuidada e inadvertidamente examinaba las mías, durante tantos largos meses perseguidas a través del tamiz y custodiadas como pepitas de oro.
Habían venido mis amigas de Hong Kong, y nada más llegar se encontraron con un cajón estrecho lleno de hombres y churros. De hombres que sudaban ríos y que combatían los golpes de pezuñas y los cabezazos con contragolpes de humor.
Primero separamos los becerros de las madres. Vamos a curarlos porque a algunos de ellos podrían salirles nubes en los ojos. Una nube es un nombre bonito, me parece a mí, pero el concepto no lo es tanto. Se les meten a los churros espigas en los ojos, y si no se sacan a tiempo, se les produce una irritación que les pone el ojo azul o blanco, como las nubes que ensucian el cielo.


Buscan con ahínco la espiga.

Mira, aquí está.

Luego le dan una pomada cicatrizante y le ponen antibiótico.

La becerra que más problemas les da, lo que se traduce en pisotones, es nuestra Fardera. Es de no creerse, esta becerra muestra siempre una fuerza y una determinación descomunales. Quizá podría aprender a manifestarlas como ella. Amenaza con salirse fuera del cajón de curas, y hay que bracear y despotricar para poder reducirla.
Se resiste Fardera.

¡Y cómo salta!

Me explica el veterinario que la nube se produce porque la espiga produce una queratitis o inflamación de la córnea, lo que facilita el asentamiento de los gérmenes, que son los que causan que el ojo se ponga blanco o azul.
Pero todavía no están los ojos con nubes; eso no sería nada bueno. Hacen ganaderos y mayoral un repaso diario para comprobar cómo están los ojos. ¿Es fácil notar que pueden tener los churros un cuerpo extraño en el ojo? Pues no lo es; yo una vez acerté y dejé a todo el mundo con la boca abierta, pero tengo que admitir que en realidad fue una casualidad. Pero ellos pueden notar alteraciones en los ojos en la distancia. Aparentemente el párpado puede estar hinchado, el ojo lagrimea y parpadea. Pero vamos, no os molestéis mucho en tratar de identificar los síntomas: no es tan fácil ver la espiga en el ojo ajeno.
Hay que detectar la espiga a tiempo, antes de que la irritación, en apenas un día, dé paso a la infección.
En este día metieron todos los churros porque habían cambiado al ganado de cercado. Fueron a un campo que estaba guardado, y donde la hierba era alta y espigona. Y claro, hasta que el ganado zalea la hierba y cae la espiga al suelo, los churros pueden verse afectados. Y ahora os voy a contar una cosa curiosísima y un poco misteriosa: en animales adultos es más difícil que se produzca un pajazo.
Las teorías para explicar esta ley son dispares: uno dice que, claro, es que los churros tienen la cabeza más cerca del suelo. Otro contraataca explicando que también vacas y toros bajan la cabeza para comer hierba. Otro añade más misterio explicando que, inexplicablemente, los erales presentan ya menos pajazos que los añojos, incluso aunque tengan un tamaño semejante. La última voz concluye que lo que pasa es que los animales aprenden.
Yo creo que los becerros son inocentes, y aún pequeños, y que tenemos que cuidarlos y mimarlos para que un día, en el examen más importante, demuestren todo el coraje y la nobleza que atesoran.
Mientras tanto, seguiremos encontrando la satisfacción en el trabajo diario, escondidos entre las espigas, ese trabajo íntimo del que mi amiga Josie ha dejado constancia con sus fotografías y sus palabras:
Don’t you remember you explained to me how bull-fighting is like when we were on the States? And I think by now I really get to know this cultural practise more when I came to see the bulls on your farm. The other day when we arrived at your farm and we got to see part of you and your family’s work on the farm, I would say that’s really like a hand-on experience for me. You know, I never got so close to so many bulls at a time, and then separated them. I think the logistic of doing so is amazing. It symbolizes the team work involved in this bull-raising business.
¿No te acuerdas que me explicaste de qué van los toros cuando estábamos en Estados Unidos? Pues ahora que he visto los toros en tu finca creo que he llegado a entender esta práctica cultural. El otro día cuando llegamos a la finca y pude ver un poco del trabajo que tú y tu familia lleváis a cabo, fue toda una experiencia para mí. Sabes, es la primera vez que estoy tan cerca de tantos toros (sic) a la vez, y después cómo los separasteis. Creo que la logística de esta actividad es alucinante. Simboliza el trabajo en equipo que implica la cría de toros bravos.
Os dejo con una foto del trabajo en equipo que mi amiga, recién llegada de China, supo apreciar.

Y que estoy muy contenta de estar de vuelta, y de deciros hola de nuevo a vosotros, a los churros, y al verano que empieza ahora para mí.



















Comentarios
No hay nada en el pasado que no nos haga más fuertes y tú seguro que tienes casta brava para regalar y crecerte al castigo. No me creo que sea de otra manera. Y gracias por disponerte a volver a regalarnos buenos ratos con tu blog, como si estuviéramos paseando por tu casa, viendo un becerro aquí, una vaca allá; eso sí, siempre en silencio y sin molestar. Bienvenida, se te echaba de menos.
A lo mejor no soy quien para dar consejos, pero esta vida me ha enseñado a levantarme de las volteretas sin mirarme siquiera. No nos queda mas remedio que volver a coger la muleta y volvernos a poner ahí, a dar guerra. Y a mi me ha ido bien.
Muy bien descrito lo de los pajazos. Un abrazo y espero que te veamos mas por aquí.
Ánimo y a seguir así.
Nunca cambies
Te hemos echao de menos, pero hemos sabido llevar la faena solos. Como ves, el campo está en el mismo sitio, y quizás un poco cambiao de color. Los churros dieron mucha lata con sus juegos, pero ya están una cuarta más altos.
Comprenderás que debido a tu absentismo laboral, no sólo te quitamos el 5%, sino que tampoco tienes dercho a la paga extra.
Un placer saber de tí y de la ganadería.
Buen día.
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