Último día de agosto. Cuatro de la tarde. Herido de muerte, aún embiste el verano. Este toro duro y agrio no yerra su objetivo: de la herida brota bochorno a borbotones.
-Hay que ir a echar a las vacas.
-Puf, ¿pero a todas?
-Pues claro.
¿Y qué están comiendo ahora las vacas? Mira, les estamos cortando fresno, que les aporta tanta fibra como la cebada pero la mitad de energía. Comen muy bien las ramas de fresno, así frescas y tiernas.

Y para cubrir las necesidades de energía, se completa la alimentación de la vacada con una ración de pienso.
Mientras me cuentan esto, yo sigo a lo mío, absorta en el calor que hace y en las porteras que me quedan por abrir, cada una con su truco artesanal, sólo aptas para magos. Y entonces, ¡anda!, pero de dónde han salido los montones de pienso.

Pues de esta máquina mágica que tenemos desde hace un par de semanas. Basta darle a la palanca, y ella sola esparce el pienso en pequeñas dosis como píldoras. Con lo que ya no hace falta echarse el saco al hombro y repartir el pienso a mano. Desde luego, es bastante más rápido.
Venga, llama a las vacas que vengan. Las llamamos a voces, y la tropa aparece tras el montículo marchando en formación con paso de ejército. Pero todavía faltan muchas vacas por venir. No se las ve. Estarán arriba en la sierra y no nos oyen.
Anda, cómo no, la vaca Fardera. Ahí la tenemos esperando en primera fila. Mírala qué golosa es.

Espero que no os importe el protagonismo que han venido acaparando nuestras vacas, con Fardera a la cabeza. Las vacas madre son uno de los engranajes clave de la ganadería, y sin embargo son los machos, hijos y padres, los que parecen llevarse todos los honores. Las vacas, mientras tanto, tocan en secreto la música callada del campo.
Pero dentro de poco también nosotros las dejaremos a un lado, arrastrados por la rueda veloz del tiempo. Las vacas seguirán con su labor oculta, en el centro de la tierra, en el corazón del campo. Y nosotros nos marcharemos con nuestros becerros, que siguen creciendo y empiezan a independizarse.
Se acerca septiembre de puntillas, y extiende una mortaja blanca sobre los sueños de verano. Caerá el olvido sobre los romances de agosto, y nadie se acordará si llegaron a consumarse nuestras ansias.
Comienza el curso y los becerros empezarán a vivir lejos de las faldas de sus madres: ¿los recordarán en la distancia? Yo me enfrentaré a mis fierecillas particulares: ¿podré ayudarles a volar más alto y más lejos?
Pero aún, inconscientes e infantiles, se acercan trotando los becerros.

¿Apunta maneras este alumno? ¿Qué esconde su fisionomía de infante? ¿Llegará a desarrollarse su bravura incipiente?

Pero ya está bien de ensoñaciones. Me dejan en casa. He pasado calor, tragado polvo, y metido el pie desnudo en un cardo. A pesar de invenciones y nuevas máquinas, vengo directa a quitarme esta ropa sucia. Con una mezcla de alivio por el descanso y de envidia por lo que permanece en el sudor y el polvo ajenos: la dedicación, la entrega, y sobre todo la febril constancia.



















Comentarios
No te imaginas lo que se envidia ese "paseo" desde el calor de Madrid. A pesar del polvo, imagino que te sentirás una privilegiada.
Un saludo
Comentarte que a mi me parecen las vacas de lo mas fundamental en una ganaderia. Esta claro que un semental tiene su importancia, pero si no subes el liston en las tientas y dejas vacas por dejarlas, al final te acabas acordando.
Me encanta el trabajo en el campo aunque cueste mucho ahora en verano por el calor y demas, pero que se le va a hacer, me crié entre cardos.
Un saludo Lucia y enhorabuena por vuestra temporada.
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