Llegó Niñoso con el frío. Y se fue con la helada. Luego vinieron días plácidos de sol, como si el tiempo quisiera reconciliarse con nosotros, pedirnos perdón y traernos un poco de sosiego.
Después hemos tenido días de viento, de polvo seco que ahogaba la garganta de la dehesa, y hoy de nuevo ha vuelto la lluvia, y la oscuridad. Poco duró la tregua del buen tiempo. Fue breve como las paces entre chiquillos pendencieros, ilusoria como la armonía superficial entre hermanos quejosos, embaucadora como las promesas de un amante indiferente.
A pesar de todo, hoy empieza oficialmente la primavera, a las seis y cuarto de la tarde, y salimos al campo para buscar los signos de renacimiento.
Después de la pérdida, de cualquier pérdida, hay momentos como estos: momentos de oscuridad, de planes rotos, de desconfianza ante las promesas de la vida; momentos en los que el mundo no basta para aplacar nuestras ansias. No basta con lo que trae el día, pues no deja más que un poso de oportunidades perdidas, de sentimientos desperdiciados, de emociones echadas a perder. Se quiere más, se anhela mucho más, se reclama la parte de la tarta: queremos que nuestros sentimientos, nuestras ganas de amar y de vivir no queden sepultados bajo la tierra de los muertos.
Lo que ofrece el mundo ahí fuera, el mundo de la necesidad y de las prisas, el mundo de los hombres y las relaciones, no es suficiente para calmar nuestras aprensiones. Miro dentro, el único sitio de donde puede surgir la fuerza. Y desde ahí salgo al campo, porque sé que es el último reducto de serenidad y de aliento, porque siento que los procesos de la naturaleza reflejan los de nuestra propia alma, porque creo que en la dehesa la muerte es el abono de la vida.
Y ahí sigue Caraalegre, ahí en un lugar de la dehesa ha pasado todas estas semanas, estos pocos meses desde que vino al mundo. Mañana cumple el becerro cuatro meses.

Y hoy, justo hoy, cuando entra la primavera, cuando la dehesa ha absorbido la pérdida de Niñoso y todo el amor que congregó a su alrededor, vemos cómo Caraalegre continúa haciendo corro con los demás becerros, comiendo con apetito, disfrutando de la libertad no muy lejos de su madre.


Ahora el mundo parece estar de nuevo en orden, la paz ha vuelto al campo, los ánimos se han serenado. Nos preparamos para la esperanza, nos abrimos al futuro. Podemos mirar hacia atrás y sentir que todo ha merecido la pena.
En la mancha en el morro de Caraalegre se ha posado la primavera.



















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