To Marta
El título no busca morbo, ni atraer nuevos lectores. Aunque no pueda escribir tan a menudo como quisiera, sé que al otro lado del ordenador hay quienes se interesan por los becerros y disfrutan de la ración de campo, y esos son quienes hacen el blog posible.
Surgen sentimientos positivos alrededor de los becerros, como esas flores blancas que se soplan y vuelan, y eso me hace pensar que nada malo les puede ocurrir a los becerros. Creo que es muy importante que la energía común fluya para que cualquier acción pueda tener éxito. Y lo creo porque lo siento, quizá porque en el aislamiento del campo es donde más se nota esa energía.
Y si nosotros inspiramos energía de la naturaleza y de los sentimientos compartidos, creo que también a su vez expiramos buenas vibraciones, y eso se nota en la placidez de los becerros.
No hay nada como venir cansada de unas carreras por los caminos que a estas alturas todavía conservan una exuberancia violenta y verde, para sentir que el mundo está en orden. Y que todas las dificultades no lo son tanto, porque es la lucha lo que merece la pena. Y más aún cuando la compañía es buena.
Pero no puedo evitar este título, no es la naturaleza un lugar para censuras. Decimos que la naturaleza es perfecta, y sabia, y modelo de equilibrio y cordura, y sin duda lo es, pero no siempre de la manera a la que nosotros queremos reducirla. La naturaleza es salvaje, y hasta cruel, sobre todo porque se muestra indiferente a nuestros deseos de querer domeñarla, de hacerla pequeñita y de bolsillo para poder entenderla. No está la naturaleza en una maceta en la ventana ni en un pez naranja dando vueltas en su bote de cristal.


Así que el otro día esta imagen inesperada y sorpresiva me zarandeó de repente. Mi primera reacción fue preguntar entre temerosa e incrédula: ¿pero no será esa la madre? Y no lo era, lo que me alivió momentáneamente, mientras trataba de poner un poco de orden en la escena.
Pero ahora sé que esa podría haber sido perfectamente la madre, y eso no está mal, ni bien, sino todo lo contrario.
Se rige la naturaleza por sus propios códigos, y querer dominarlos y moldearlos a nuestra medida sería tan absurdo como intentar meter todo el mar en un cubo. Por eso el título de esta entrada no admite censura.
La explicación es tan sencilla como que la vaca está en celo, y el becerro ya muestra un incipiente deseo sexual. Parece ser que el instinto sexual aparece entre los becerros a los tres o cuatro meses, y a partir del año, o incluso un poco antes, ya tienen estos animales la capacidad de fecundar.
Pero podemos estar tranquilos, esta entrada no va a ir más lejos en su grado de perversión: me dicen que es imposible que la vaca se quede preñada, “porque los becerros no llegan hasta ella”. Por hoy basta de historias raras, no hay nada más que tenga que asumir por el momento: puede que la naturaleza sea salvaje e incontenible, pero sigue mostrando un engranaje perfecto.
Eso sí, por lo visto de vez en cuando aparece algún caso en el que una de las becerras se ha quedado preñada. Cuesta asumir estas conductas adolescentes como debe de costar aceptar que los hijos crecen, y salen, y no rinden cuentas a nadie.
Pero por ahora, antes de esa edad difícil, todavía podemos disfrutar un poco más de nuestros becerros. Se desahijan o separan de sus madres periódicamente, cada dos o tres meses, antes de que los becerros cumplan los ocho o nueve meses.
Además, claro está, también se desteta a los churros para dejar a las vacas descansar. Pueden salir a toro, y por tanto quedarse preñadas, “si están buenas”, al mes de parir. Entonces parirán de nuevo cuando el becerro primero tenga alrededor de diez meses. Y en los últimos meses del embarazo, las vacas se irán secando, ya no podrán amamantar a su cría.
Pero como os digo, todavía tenemos un poquito de tiempo para disfrutar de nuestros becerros, y de acumular grano de primavera antes de que el verano impaciente e impetuoso la eche de un manotazo. Iremos pronto al cercado de nuestros becerros… Bueno, en realidad están en un nuevo cercado, el próximo día os lo enseño.
Quizá habréis notado que la foto es de otro grupo de vacas. Me vuelvo a casa y ahí las dejo, protagonizando una sucesión de escenas que nos dan una lección de realidad. Van dos vacas a la carrera seguidas por el toro y por un montón de churros alborotados.
Me comentan también que cuando dos vacas andan a toro, y el toro cubre a una, puede acercarse la otra y subirse encima del toro. O sea, un trío en toda regla.
¿Disolución? ¿Modelo a imitar? Instinto. Ni más ni menos. La naturaleza en estado puro.



















Comentarios
Bernardino Basas
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